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¿Alguna vez has notado esos momentos en los que parece que tus pensamientos toman el control? Repasas algo que pasó, imaginas lo que deberías haber dicho, anticipas lo que podría suceder después o recorres mentalmente todas las posibilidades. Incluso puedes darte cuenta de que estás dando vueltas a lo mismo y, aun así, parece imposible salir de esa conversación que está ocurriendo en tu cabeza.

Hay una razón por la cual este ciclo puede ser tan difícil de interrumpir. Nuestro cerebro está diseñado para resolver problemas. Cuando algo se siente inconcluso o incierto, el cerebro puede seguir volviendo a ello porque cree que, si pensamos un poco más, eventualmente encontraremos la respuesta y nos sentiremos a salvo.
Pero a veces no hay una respuesta. A veces, pensar se ha convertido en un ciclo.
Aquí es donde me resulta útil hacer una distinción entre pensar en algo y rumiar sobre algo. Pensar puede llevarnos a tener claridad, tomar una decisión o actuar. Rumiar, en cambio, suele llevarnos de vuelta a las mismas preguntas sin ayudarnos realmente a avanzar.
¿Qué debería haber dicho? ¿Y si hubiera manejado las cosas de otra manera? ¿Y si se lo digo y se enoja?
A veces, la respuesta no es encontrar un pensamiento mejor, sino salir de la conversación por completo. Aquí tienes algunas maneras de hacerlo.
1. De “¿Y si…?” a “¿Y ahora qué?”
Una manera de interrumpir el ciclo es pasar de “¿Y si…?” a “¿Y ahora qué?”
- “¿Y si esto sale mal?” se convierte en: “¿Qué puedo hacer ahora mismo?”
- “¿Y si no les gusta?” se convierte en: “¿Qué decisión se siente correcta para mí en este momento?”
- “¿Y si tomo la decisión equivocada?” se convierte en: “¿Cuál es el siguiente paso que puedo dar con la información que tengo ahora?”
Ese cambio te saca de un futuro imaginado y te devuelve al presente. Puede ser que no sea posible controlar lo que suceda después. Pero normalmente puedes identificar una cosa que sí puedes hacer ahora.
2. Dale algo que hacer a tu cuerpo
A veces, el siguiente paso más útil no tiene nada que ver con tu cerebro. Es físico. Levántate. Sal a caminar. Lávate las manos. Prepárate algo de comer. Organiza algunas cosas. Observa lo que puedes ver y escuchar a tu alrededor.
Darle a tu cuerpo algo concreto que hacer puede ayudarte a sacar tu atención de la conversación interna y devolverla al mundo que te rodea. Estás creando suficiente espacio para decidir si realmente necesitas prestar atención a ese asunto en este momento.
El objetivo no es obligarte a calmarte. A veces, intentar calmarnos se convierte en otra cosa más por la que preocuparnos. En lugar de eso, piensa en ello como una manera de darle otra opción a tu sistema nervioso.
3. Separa lo que desearías poder decir de lo que realmente vas a hacer
Esta es una técnica que resulta especialmente útil cuando la mente está ensayando una conversación o intentando resolver algo que no puede resolverse pensando más.
Empieza escribiendo todo lo que desearías poder decir. No tiene que ser razonable ni estar bien expresado. Saca de tu cabeza el dolor, la frustración, la decepción y las explicaciones, y ponlo sobre el papel.
Después, crea una segunda lista: ¿Qué voy a hacer realmente?
Esa lista puede ser muy corta.
- Voy a esperar antes de responder.
- Voy a mantener esto en privado.
- Voy a tomar un poco de distancia.
- Voy a dejarlo ir.
Lo importante es que no tienes que convertir cada pensamiento o emoción en una acción. Puedes tener el pensamiento sin tener la conversación. Puedes sentirte enojado sin enviar el mensaje. Puedes reconocer que algo no estuvo bien sin conseguir que la otra persona esté de acuerdo con tu percepción.
Un pensamiento no es una instrucción.
4. Ponle una hora de cierre a tus pensamientos
Aquí hay otra idea que encontré recientemente: la “Regla de las 6:30”. Elige una hora de la tarde o de la noche a partir de la cual dejas de dedicarle atención a las preocupaciones y al exceso de pensamientos por ese día.
No tiene que ser a las 6:30. Lo importante es crear un límite.
Si algo aparece después de esa hora, puedes recordarte: No tengo que resolver esto esta noche. Si hay algo que realmente puedes hacer al respecto, anótalo o decide cuál será el siguiente paso. Si no lo hay, puedes darte permiso para volver a ello mañana.
Esto puede ser especialmente útil porque pensar demasiado suele crear una falsa sensación de urgencia. El hecho de que un pensamiento esté exigiendo tu atención no significa que necesite tu atención en este momento.
No estás ignorando el problema. Estás enseñándole a tu cerebro que no todos los pensamientos necesitan una respuesta inmediata.
Cuando la certeza no está disponible
A veces, rumiar es un intento de conseguir que otra persona, una situación o nosotros mismos nos den la certeza que estamos buscando. Y a veces… esa certeza simplemente no está disponible.
En ese momento, la pregunta más útil puede ser: ¿Qué sé y qué estoy eligiendo hacer con lo que sé en este momento?
Eso puede ser suficiente.
Volver al momento presente
La próxima vez que notes que tus pensamientos están tomando el control, intenta hacer una pausa antes de tratar de resolverlos. Observa: Estoy pensando en esto otra vez. Después pregúntate: ¿Esto me está ayudando a avanzar o simplemente estoy ensayando la misma conversación una y otra vez?
Si estás ensayando, no tienes que terminar la conversación. El objetivo es mejorar tu capacidad para reconocer cuándo pensar ha dejado de ser útil. A veces, simplemente puedes notar el ciclo, escuchar qué es lo que realmente importa debajo de esos pensamientos y elegir qué quieres hacer a continuación.
Tus pensamientos pueden estar ahí sin tener que estar al mando.

Esta semana, empieza a notar tus pensamientos y recuerda que no siempre tienes que seguirlos.
Con gratitud,
Ana Isabel Sánchez
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